MÁS ALLÁ DE RANGOON
Más allá de la barbarie e injusticia que azotan duramente a Birmania estos últimos meses, se encuentra un pueblo valiente y decidido, deseoso de libertad y de paz, que anhela ser escuchado y abrirse al mundo después de décadas de represión y aislamiento internacional.
Este podría ser el retrato de la “república socialista de Myanmar”, como la llaman sus dirigentes militares. El país está gobernado por un régimen militar desde 1962 y no se celebran elecciones parlamentarias desde 1990, cuando la actual junta militar perdió de manera abrumadora ante la Liga Nacional para la Democracia, dirigida por Aung San Suu Kyi: premio Nobel de la Paz en 1991, y que se ha convertido en icono de la democracia, la paz mundial y la libertad. La junta militar ignoró los resultados electorales, endureciendo la represión y desangrando a su propio pueblo, que pide a gritos la apertura de un proceso de democratización.
Con el ruín beneplácito de las Naciones Unidas (que reconoció oficialmente el nuevo régimen) y el despreciable egoismo de sus vecinos territoriales (que ven en Birmania su fuente de materias primas, especialmente gas natural), el régimen totalitario no ha visto jamás su autoridad amenazada, salgo en 1988, cuando algunos militares disidentes con la política de aislamiento, intentaron llevar a cabo reformas democráticas, que acabaron en una auténtica masacre civil.
El 15 de agosto de 2007, el gobiernó tomó la decisión de aumentar considerablemente los precios de los combustibles y los costes de transporte, ante lo cual se sucedieron las protestas de sectores opositores al régimen. La represión ejercida sobre un grupo de monjes budistas que habían apoyado estas primeras reivindicaciones, provocó la movilización en masa de los monjes birmanos, protestando de forma pacífica en contra de la junta militar y demandando cambios políticos y sociales.
Estas históricas manifestaciones, en las que todo el pueblo se había levantado y reclamaban al unísono la libertad, vieron la reaparición en público tras 4 años de confinamiento de Aung San Suu Kyi, quien se encuentra en un estricto arresto domiciliario. La comunidad internacional ha contemplado impasive como las calles tomadas pacíficamente por los civiles que lloran por el reconocimiento de sus derechos básicos, eran barridas con total dureza, bestialidad y crueldad a base de ráfagas de metralleta, el uso de la fuerza, el arresto indiscriminado y la intimidación… de modo que donde hacía pocos segundos se veía reflejada el fulgor de la esperanza de un cambio, ahora puede verse el baño de sangre que ha provocado esta lucha desigual, en la que nuevamente la justicia brilla por su ausencia. Los principales templos budistas del país están sometidos a una estrecha vigilancia, con el confinamiento de los monjes, que se habían convertido en el revulsivo espiritual del país.
Ante esta situación lamentable, me invade una inmensa sensación de impotencia… pero también de esperanza, en que la Comunidad Internacional, a través de Naciones Unidas, sepa actuar al menos por una vez en toda su historia, con la firmeza y determinación que estos crímenes requieren.
