POR MADRID…
La pasada semana estuve en un curso en Madrid, al que acudian residentes de toda la península. Yo fui con residentes de mi hospital y también con compañeros de otros hospitales de Valencia, y al final nos juntamos un grupo bastante numeroso. Por el día acudíamos el curso, pero por la noche salimos por el centro de Madrid, a cenar de tapas, con todo tipo de cervezas y vinos (¡que nos costaron un ojo de la cara!). Me gustó mucho, hacia tiempo que no salía y también que no lo pasaba tan bien.
VUELTA AL TRABAJO
Hacia tiempo que no encontraba la ocasión para escribir, y tampoco tenia la ilusión necesaria para hacerlo. Resulta que hace un par de semanas tuve una experiencia muy desagradable en el trabajo que me ha tenido pensativo hasta hace poco.
No suelo hablar mucho de mi trabajo fuera del ambiente hospitalario, sobre todo porque el código deontológico y mi ética personal, me lo impiden en buena medida, pero también porque la medicina ya consume casi todo mi tiempo, como para dedicarle además los pocos momentos libres de los que dispongo. En cualquier caso, comentaré lo que sucedió.
El contexto es la madrugada de una guardia de fin de semana en un hospital de referencia. La guardia estaba siendo mala, con los típicos pacientes que acuden tras sufrir agresiones y presentan todo tipo de heridas, los que han sufrido accidente de tráfico y además, toda esa maravillosa gente que aunque aquejan discretas molestias de meses o años de evolución, deciden simplemente ir un día a urgencias del hospital, sin haber acudido jamás a un ambulatorio. Recibimos el aviso de que una unidad del SAMU ha recogido a un anciano en su domicilio, que tras una caída casual presentaba un déficit motor total en miembros superiores e inferiores. Ante la sospecha de lesión medular aguda, debe aplicarse un protocolo de lesionados medulares, que incluye una exploración neurológica sistemática, detallada y repetida en el tiempo, para establecer el nivel de la lesión y su progresión, así como iniciar inmediatamente una pauta de corticoides intravenosos a altas dosis, monitorizar al enfermo por el riesgo de disregulación autonómica y movilizarlo en bloque.
Pues bien, puedo decir que de estos cuatro puntos, NO se hizo ninguno bien. Fue una lamentable cadena de errores humanos, que no sé si calificar de negligencias, desde el equipo del SAMU, hasta los médicos de puertas de urgencias, el equipo de celadores y enfermería, también por supuesto el radiólogo de guardia, y pasando como no por nosotros mismos, el equipo de traumatología de guardia. Por no entrar en detalles, sólo diré que todo el mundo eludía responsabilidades, en lugar de intentar atenderlo rápidamente de forma coordinada por todo el equipo sanitario. Las guardias de mi hospital son un auténtico caos, que queda claramente de manifiesto cuando llegan pacientes graves, que acaban empeorando su pronóstico o incluso falleciendo (como fue lamentablemente este caso) por no existir una buena organización en urgencias.
Esa noche, discutí con mis compañeros de guardia, pero sobre todo con mis adjuntos, porque no compartía sus criterios y pensaba que al paciente no se le estaba prestando la atención debida. De hecho, la relación con ellos es muy tensa desde entonces, y encima ahora tengo la consideración de ser una persona conflictiva. Todo esto me ha dejado bastante cabizbajo hasta hace pocos días. Me había citado un paciente al que operé en una guardia y que casi había tenido una amputación total del dedo. Lo he estado siguiendo de cerca porque tenía mis dudas de que ese dedo fuese viable, pero afortunadamente lo ha sido. Los padres del paciente (que era un niño) me habían traído una caja de bombones como muestra de agradecimiento. Me ha hecho mucha ilusión, no sé si es correcto aceptar un regalo de un paciente, pero la cuestión es que lo he hecho, y con mi caja de bombones bajo el brazo he subido a la planta de oncología infantil y lo he entregado a la supervisora para que lo repartiera entre los niños ingresados en planta. Hacia tiempo que no experimentaba una sensación tan placentera…