LA FRAGILIDAD DE LA VIDA
Siempre he pensado que la vida es un don que no valoramos suficientemente. Es un estado pasajero y transitorio, circunstancial, que puede llegar a su fin en el momento más inesperado…
Durante mis estudios en la facultad, los cadáveres, las salas de disecciones y autopsias entraron a formar parte de mi vida. En las prácticas hospitalarias pude asistir a momentos de gran sufrimiento humano, personas agonizantes o en situación pre-mortem…. Con el tiempo aprendes a desdramatizar estas situaciones, en cierto modo te insensibilizas y pierdes la humanidad necesaria para poder seguir desempeñando el mismo trabajo, pues es la única forma de sobrellevar tanto dolor.
Aún así, no llegas a acostumbrarte nunca, y cuando contemplas una situación de este tipo te quedas gravemente afectado. Todo ello empeora cuando dejas de ser un mero espectador y formas parte del desenlace de esa persona.
Esta mañana nada hacia presagiar lo que iba a ocurrir algunas horas más tarde. Me he levantado como un dia normal a las 7:00 am, he desayunado mientras veia las noticias y leia mi correo electrónico, he salido de casa a las 7:40 y llegado al trabajo al hospital donde trabajo a las 8:00. Me he cambiado en los vestuarios como un dia normal y he empezado mi jornada laboral: sesión clínica y visita en planta. He bajado al área quirúrgica para ver qué intervenciones estaban realizando, y he entrado en un quirófano como segundo ayudante de cirujano para realizar una fractura de cuello de los metatarsianos 2º a 4º en un chico joven que habia tenido una accidente de motocicleta el pasado fin de semana.
La intervención era de lo más sencilla: anestesia raquídea sin complicaciones y cirugía mínimamente invasiva. De hecho, todo estaba siendo percutáneo, sin necesidad de abrir foco de fractura. De repente, de la forma más inesperada, observamos que el anestesista está ventilando con ambú al paciente, paramos la intervención a la espera de recibir la señal de que la intervención puede proseguir. El anestesista retira el ambú y rápidamente con un laringoscopio intuba al paciente. Hasta ese punto, nada excesivamente anormal, pues muchos pacientes dejados con ventilación espontánea acaban precisando ventilación mecánica al desaturarse.
La sorpresa e incredulidad se apodera de todos los presentes cuando escuchamos en el monitor de resgistro electrocardiográfico que el paciente está empezando a tener bloqueos cardíacos y de repente entra en fibrilación ventricular. Las enfermeras traen rápidament el desfibrilador automático mientras que se le hace masaje cardíaco al paciente. Primera descarga del desfibrilador y el paciente entra en asistolia: PARADA CARDIACA. La incredulidad deja paso a una tensión creciente, con silencio sepulcral solo rota por los sonidos de los monitores de quirófano.
Se prosigue con el masaje cardiaco mientras se carga nuevamente el desfibrilador. Segunda descarga, no responde. El paciente ya habia adoptado un color azulado francamente cadavérico, pese a los intentos d reanimación. Se le pone todo tipo de medicación intravenosa para intentar recuperarlo (adrenalina, corticoides intravenosos…) mientras que llega la tercera descarga: vuelve a fibrilación ventricular, y por último la cuarta lo devuelve a ritmo sinusal con pulso taquicárdico. El paciente va recobrando el color, pero ha estado en anoxia cerca de 6-7 minutos. Se le exploran las pupilas, isocóricas pero midriáticas y no responde a estímulos, todos pensamos en lesión neurológica.
Yo no daba crédito a lo que estaba presenciando: un chico joven sano, sin factores de riesgo habia hecho una parada cardiaca repentina, de forma totalmente impredecible, y de no haber sido por la acertada y veloz intervención del anestesista ahora mismo estaria muerto. La intervención no pudo acabarse, pues debiamos subirlo cuanto antes a reanimación por si nuevamente entraba en asistolia, pero antes teníamos que salir a hablar con los familiares.
En la sala de espera estaban su padre y una chica joven (quizás su novia, quizás su hermana, no lo sé). A medida que el anestesista les explicaba lo que habia pasado y la gravedad de la situación por las posibles secuelas neurológicas, el padre nos miraba atónito, como si no nos escuchase, mientras que la mujer joven se llevaba las manos a la cabeza y rompia a llorar entre sollozos. Yo permanecia de pie, al lado de mis compañeros, inquieto, intranquilo, angustiado…
Está claro que en toda intervención quirúrgica existen riesgos potenciales, y aunque este tipo de cosas ocurren de forma muy excepcional, a quien le ocurre le puede destrozar la vida. Este paciente estará las próximas 72 horas en reanimación en esperar que recobre la conciencia y poder realizarle una exploración neurológica que evalue si ha habido daño cerebral. Revisando la historia la única cosa que lejanamente podia explicar lo que ha ocurrido era un consumo esporádico declarado de cocaína, pues se han descrito infartos miocárdicos y paradas en consumidores de esta droga, aunque el paciente afirmaba que el último consumo había sido hacia más de una semana.
He llegado a casa destrozado, pues aunque no conocia personalmente al chico, había estado conversando con él para tranquilizarlo justo antes de entrar en quirófano. A estas cosas no creo que llegue a acostumbrarme nunca.