LA ANTESALA DEL DESENLACE
Nuestras diferencias se han hecho nuevamente patentes en aspectos simples y mundanos de la vida cotidiana, hasta el punto que una decisión tan sencilla como qué hacer por la tarde, se ha convertido en el caballo de troya de nuestros males, penetrando y arrasando las ruinas de nuestra ciudadela.
Ha sido una tarde en la que pese a estar uno al lado del otro, ella y yo no íbamos juntos, cada cual meditando sus pensamientos, interponiendo silencio y distancia con el otro, no fuese el caso que la reconciliación hiciese acto de presencia.
Y todo… ¿para qué? Los dos hemos reconocido no estar bien en la pareja, sentirnos vacios y desanimados, con la ilusión perdida y el alma dolida de tantos palos. Intentas ponerte nuevamente en pie, recobrar la confianza y sobreponerte a los obstáculos, luchar por ella, vivir por esa relación que agoniza, tú quieres rescatarla, pero te sientes tullido, tan cerca de evitar que se ahogue del todo en esa ciénaga y en cambio no puedes ni dar un paso por ir a socorrerla, sientes los pies pesados, clavados al suelo con estacas de hierro.
Esta semana se decidirá todo. Nos hemos dado un tiempo para pensarlo. Los sentimientos aún están muy recientes y la situación requiere analizarla con la cabeza más fría. Ya no se trata de qué siento, sino de lo que realmente creo que es mejor para mí, pero también para ella. Sé que puedo hacerla feliz, que podria jugar su juego, aún con dificultades podría hacerla feliz, pero yo seguiría sintiéndome desplazado. Necesito estabilidad emocional, seguridad en el presente y en el futuro, poder mirar hacia el horizonte sin atormentarme si ella estará a mi lado cuando la necesite. ¿Puedo contar con ella? Creo que no, y si eso es así, ya está todo dicho.